REFLEXIONES PARA VIVIR

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Exploté. No pude aguantar más, y exploté. Había estado guardando la ira por tanto tiempo que este pequeño incidente me empujó por el precipicio de la frustración acumulada. Mi compañera de pieza había usado la bolsa "equivocada" para la basura. La tomé y grité: "¡Esto no es una bolsa de basura!" 

Siempre son las cosas más tontas las que nos hacen enfurecernos. En mi ira y frustración, permití que mis palabras se convirtieran en dagas. Luego de esa experiencia, me di cuenta de cuánto necesitaba aprender acerca de cómo cultivar palabras de sanidad; primero, para mí misma, y luego para mi compañera de pieza y compañeros de casa, a quienes había herido con las palabras que había pronunciado sin pensar. 

Santiago 3:6 dice: "Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno".

Afortunadamente, Cristo trabaja como sanador, incluso cuando nuestras palabras trabajan para destruir. Luego de mucha oración, mi compañera de pieza y yo nos reconciliamos. No pasó de la noche a la mañana, pero nuestra amistad y confianza comenzaron a construirse nuevamente. Y las palabras cumplieron un rol importante en nuestra reconciliación. Todavía recuerdo claramente la noche en que compartí con ella mis sinceras palabras: palabras de arrepentimiento y de admiración por quién ella era. Ella también expresó sus pensamientos más íntimos. Estábamos en el mismo cuarto en el que hablamos peleado, pero esta vez nuestras palabras no lastimaron a la otra; en esta ocasión, sanaron nuestra amistad destruida.

Aprender a dominar la lengua, probablemente, es una de las lecciones más grandes que los seres humanos tendremos que aprender en toda la vida. 

Agradezco a Dios que mi lección no me costó la pérdida de mi querida amiga y hermana en Cristo.

SUZANNE OCSAI OOLTEWAT
Si tú crees que la justicia es simplemente rectitud, que es buen comportamiento; el texto de hoy te llevará a un callejón sin salida. Según el salmista, una manera de ser feliz es tener una conducta coherente y por encima de cualquier sospecha. Pero justicia, en el concepto hebreo, no es tan solo un patrón de comportamiento.
El profeta Jeremías escribió: “Vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra.* El renuevo de justicia que el profeta menciona no es solamente poseedor de justicia. Es la misma justicia. No hay justicia sin Jesús. El es la Justicia.
Por lo tanto, al referirse en el versículo de hoy a aquellos que “hacen justicia”, el salmista está pensando en aquel que vive en Jesús.
Practicar es aplicar la teoría repetidamente. La vida del cristiano no es solo teoría. No basta saber que Jesús murió y que la única manera de guardar la rectitud es ir a Jesús. Ese concepto es maravilloso, pero es necesario salir de la teoría e ingresar en el terreno de la práctica. Es necesario andar diariamente con Jesús, la persona Justicia.
David enseña en el salmo de hoy que el secreto de la felicidad es “hacer la justicia”. ¿Cómo puede la práctica de normas, la mayoría de las veces difíciles de ser cumplidas, proporcionar felicidad? No, evidentemente aquí no se habla solo de un código moral, sin vida en sí mismo. Aquí se habla del Señor Jesucristo. El murió en la cruz del Calvario no solo para darnos vida, sino también para dar vida a los mandamientos que los fariseos habían transformado en letra muerta.
“Hacer justicia” en el sentido de andar diariamente con Jesús, es una experiencia enriquecedora. Le da sentido a la vida. Le proporciona sabor a los momentos más insulsos de la experiencia humana.
No mires los principios divinos como letra sin vida y prohibiciones míralos como el reflejo del carácter de Jesús y aplícalos a tu vida. Este es el secreto de la felicidad que tú tanto buscas. Esta puede ser la realidad más extraordinaria de tu existencia.
Por eso, memoriza el versículo de hoy y repítelo a lo largo del día: “Dichosos los que guardan juicio, los que hacen justicia en todo tiempo”.
*Jer 23:5.
                                                                     Alejandro Bullón

Leo observó, maravillado, la danza de las extrañas figuras ataviadas con ropas orientales: tres mujeres, moviéndose seductoramente en el palco. Se acercó y vio, con asombro, que eran jóvenes y hermosas. Tenían los ojos verdes, relucientes como las esmeraldas. La imagen de sus cuerpos en mo­vimiento cautivó su mirada durante varios minutos. Al terminar el espectá­culo, se acercó a una de ellas. Era morena, de rostro triste. Su tristeza no era coherente con la danza que acababa de presentar.
Fue algo inexplicable. Solo una hora de conversación, y ambos llegaron a la “conclusión” de que estaban profundamente enamorados. Así comenzó una historia de dolor, de angustia y de muerte.
Meses después, Leo no pudo soportar el dolor de verse engañado. Su mundo quedó en tinieblas, y sus emociones, perturbadas, le hicieron come­ter un crimen que lo llevaría a la prisión por varios años. Todo sucedió la noche en que ella le confesó que nunca lo había amado; se había casado con él solo por causa de su dinero.
–¿Cómo puedes decir eso, si pasamos tantos momentos maravillosos? –preguntó el joven engañado, al límite de la desesperación.
–Fingí. Simplemente, fingí –fue la respuesta, dura y fría.
Lo que sucedió después lo relataron los periodistas con lujo de detalles.

“El amor sea sin fingimiento”, advierte Pablo, escribiendo a los romanos. Él no se refiere solo al amor de una pareja; el consejo sirve para todas las circunstancias que el amor involucra. El amor es el sistema circulatorio de las relaciones humanas. Cuando la sangre llega, sana, a cada miembro del cuerpo, comunica salud y lo capacita para ejercer sus funciones.
Pablo menciona que el amor sano es sincero, auténtico y sin fingimiento. Se muestra como es; no se coloca máscaras. No se esconde; no camina en las sombras; no combina con la penumbra.
Ese tipo de amor no es pasivo, es movido a la acción. Extiende la mano en dirección del necesitado. Renuncia, a veces, en favor del otro. Paradójica­mente, el mayor beneficiado no es el amado, sino el que ama.
Por eso, hoy, proponte amar, sin máscaras. Recuerda el consejo sabio: “El amor sea sin 
fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno”(Romanos 12:9).
                                                                  Alejandro Bullón

Eugenio cerró el libro que leía, una novela de crimen, sexo y sangre. Se levantó del sofá, frente a la hoguera, se dirigió hacia la ventana y la abrió, para ver qué era lo que sucedía allá afuera. El perro ladraba con insistencia.
Su rostro, caliente por el ardor intenso de los leños, sintió el aire helado de la noche de invierno. Llamó a su perro, un pastor alemán. El animal se acercó al amo y volvió, ladrando, hacia el pequeño bosque del lado.
–¿Quién anda ahí?
El grito de Eugenio quebró el silencio de la noche. La única respuesta que obtuvo fue un fuerte gruñido del perro, que corría, enloquecido, acercándo­se al bosque.
Eugenio quedó por un momento estático, pensando qué hacer. Sus ojos reflejaban miedo. Había oído tantas historias de asaltos; y él estaba solo aquella noche. Quiso, entonces, pensar en Dios, pero su mente, contamina­da por la historia que estaba leyendo, solo daba lugar al miedo; y su corazón temblaba. Involuntariamente, empezó a ver las escenas de violencia relata­das en la novela, y se sintió más solo y desamparado que nunca.
¿Qué tiene que ver esta historia con el versículo de hoy? El texto habla de un corazón puro.
 Jesús dijo, en el Sermón del Monte, que los que tienen el corazón puro son felices.
 Eugenio no tenía el corazón puro en aquel momento. Acababa de colocar basura en su mente. Sus temores, aquella noche, no pro­venían del bosque ni del ladrido desesperado de su perro, sino de su mente y de las escenas de horror y sangre que acababa de colocar en ella. Su corazón estaba contaminado, y él no podía ver a Dios cuando más lo necesitaba.
La palabra “puro”, en el original griego, es kataros, que signifi ca, entre otras cosas, “que no tiene mezcla”. Como el aceite, que no contiene agua.
¿Qué sucede si colocas en tu mente cosas buenas y cosas malas, al mismotiempo? Tu mente deja de ser kataros; se vuelve agua envenenada. Entonces, al llegar el momento difícil, el agua no calma tu sed; está contaminada y pue­de provocarte la muerte. Jesús desea lo mejor para ti. Quiere que seas feliz y camines diariamente sin temor. Por eso, te aconseja que no contamines lafuente de tu corazón.
Sal de casa hoy, dispuesto a colocar solo cosas buenas en tu mente. No lo olvides: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios”(Mateo 5:8).

                                              Alejandro Bullón

El pecado es paradójico. Destruye y enseña. Abre las heridas que son capaces de matar y, sin embargo, deja marcas que quedan como instrumentos de instrucción. David sabía muy bien cómo el pecado puede destruir y enseñar.
 
       En el Salmo 51, que es una oración de arrepentimiento, el salmista le promete a Dios: “enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti”.*  David está dispuesto a enseñar las lecciones que aprendió con su trágica y dolorosa experiencia.
 
       En el salmo de hoy, David cumple su promesa. Este es un salmo de instrucción. El primero de doce salmos de este tipo.
 
       La preocupación del salmista en este salmo es que tú y yo aprendamos la mayor lección que alguien puede aprender: que el pecado destruye lo que toca, y que por tanto, es sabio huir de el.
 
       David sabía de lo que estaba hablando. Había pasado noches enteras sin dormir, atormentado por el peso de la culpa y días de angustia y desesperanza, castigado por la propia conciencia. “Mientras calle, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravo sobre mi tu mano” afirma en los versículos 3 y 4.
 
       Había aprendido la lección a golpes, con dolor y lagrimas. Y después de haber pasado por esa experiencia trágica, aconseja: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento”.
 
       ¿Qué diferencia hay entre el animal y el ser humano? La libertad. El hombre puede escoger y decidir. El animal es apenas un esclavo de sus propios instintos. Pero, hasta los animales rechazan a veces las cosas que los perjudican. Mientras que el ser humano, siendo libre, insiste en andar por sendas que lo llevarán a la destrucción.
 
       Caballo y mulo. Dos figuras interesantes. El caballo tiene la tendencia natural de correr hacia lo lejos. El mulo se empaca. Figuras de la naturaleza que David usa para instruir.
 
       Hoy es un día de decisiones para ti. Decisiones para vida o para muerte. Tu eres libre para sufrir, para pecar, para llorar, o para vivir feliz al lado de las personas que amas.
 
       Camina con Dios por los senderos escabrosos de esta vida. Sal con la lección que el salmista enseña. Yo quiero tomar el consejo para mi hoy: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque sino, no se acercan a ti”.
_________
   * Sal 51:13

Alejandro Bullón
Las estadísticas indican que más del 80% de los americanos vive permanentemente endeudado. La tarjeta de crédito es mucho mejor recibida que el dinero en efectivo. La publicidad aumenta la fiebre del consumo, y existen personas que piensan que "deber una cantidad media razonable, no es deber". Y que deber "es una manera inteligente de vivir con el dinero de los otros".

Es claro que el consejo bíblico es diferente. No gastes todo lo que recibes, junta en el verano, guarda, aprovecha los tiempos de las "vacas gordas" y cuando lleguen los tiempos difíciles tú sabrás dónde encontrar.


El que recoge en el verano es hombre entendido; el que duerme en el tiempo de la siega es hijo que avergüenza. (Proverbios 10:5)

El proverbio de hoy no solamente aconseja a ahorrar. Nos enseña cómo aprovechar las oportunidades de la vida. El verano no dura para siempre. La juventud no es eterna. Ningún empleo es seguro. Hay puertas abiertas, pero viene la noche cuando es necesario cerrarlas. Todo pasa. Las oportunidades van y vienen. Nada es permanente. Desperdiciar las oportunidades es peor que desperdiciar el dinero. El dinero no compra las oportunidades pero si tú las aprovechas, conseguirás dinero.

La diferencia entre los victoriosos y los derrotados, es el aprovechamiento de las oportunidades. No hay lugar para la indecisión. ¿Por qué postergar lo que puede ser hecho hoy? ¿Por qué esperar a enero para comenzar de nuevo? ¿Por qué aguardar el verano, si antes llegará el invierno implacable, cobrando la falta de previsión? Lo que tú haces con el presente hoy, determinará tu futuro.

Hoy es el día. Ahora es el verano. Es tiempo de plantar y de cosechar. Tiempo de guardar y almacenar. Esta es la juventud, tiempo de aprender a prepararte para los días cuando las fuerzas y las oportunidades te sean escasas.

Haz un balance de tu vida. ¿Qué necesita ser hecho en tu vida hoy? ¿Qué decisión necesitas tomar? ¿Hasta cuándo vas a postergarla?

Dios está siempre listo a conceder sabiduría y extender la mano al desfallecido, pero recuerda: "El que recoge en el verano es hombre entendido; el que duerme en el tiempo de la siega es hijo que avergüenza"(Proverbios 10:5).

Alejandro Bullón
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La envidia nos hace perder muchos momentos buenos de nuestra vida. Imagínate si Elisabet, cuando saludó a María y sintió a su bebé, en lugar de alegrarse por la buena nueva, hubiera sentido envidia porque su familiar iba a ser “más bendecida” que ella.
Imagina que, al saber que María iba a ser la madre del Mesías, en lugar de ponerse feliz con su embarazo, se hubiera puesto a tejer sentimientos negativos porque ella no había sido la elegida. Imagina a Elisabet preguntándose: ¿Por qué mi hijo tendrá que preparar el camino para el hijo de ella? ¿Yo no soy suficientemente buena para ser la madre del Mesías? ¿Por qué ella, y yo no? ¿Qué tiene ella que no tenga yo?
La envidia es la mayor demostración de carencia de amor cristiano. Además, es una prueba contundente de falta de agradecimiento, ya que el envidioso no consigue ver las bendiciones que recibe, puesto que está obsesionado con las que recibe el otro. Este pecado corroe más al envidioso que al envidiado, quien –a veces– ni siquiera sabe de los sentimientos negativos del otro.
Este espíritu fue el que dominó a Lucifer en el cielo. ¿Necesitas que sigamos profundizando estas ideas? El mundo está como está hoy porque un ser creado sintió envidia de su Creador. Por ser como un veneno, su trabajo puede ser silencioso, pero carcome el espíritu de las personas y destruye relaciones.
Por el contrario, Elisabet tiene a su hijo, y la noticia, como todas las buenas noticias que involucran a las buenas personas, alegra a vecinos y parientes. ¿Ya notaste cómo las noticias son buenas o malas dependiendo de quién sea el sujeto de la noticia? Una mujer como Elisabet que recibe una bendición tan grande como un hijo, es motivo de alegría.
Para que las buenas noticias que te tienen como sujeto sean motivo de alegría de “vecinos y parientes”, tu vida debe ser como la de Elisabet, quien aceptó esperar en el Señor.
Una persona justa, recta, que se alegra con las buenas noticias de los otros, que disfruta de sus bendiciones y se regocija con las gracias que los otros reciben.
Tú eliges.
Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2014
“365 Vidas”
Por: Milton Betanco
Estoy sentada frente a la cama de mi madre. El cáncer la está consumiendo. Se ha hecho lo humana y científicamente posible, pero el mal avanza dejando en el camino sus estragos. Alimentación, radioterapia, ingresos… pero no se detiene y, como si fuera un pulpo, está estrangulando la vida de uno de los seres que más amo.
¡Oh, Dios mío! Si no fuera por tu amor, no podría soportarlo. Me siento impotente y lo que quiero hacer es darle mi vida para que ella pueda vivir; mis pulmones para que pueda respirar; mi garganta, mi lengua y mis cuerdas vocales para que pueda degustar alimentos y comunicarse con palabras dulces y llenas de amor. Pero por más que me afano, la vida se le va.
Cuando el médico me dijo que podría darle un paro respiratorio, me asusté ante la idea de que pueda morir asfixiada; pero fue peor cuando me dijeron que tras la cirugía no podrá hablar. Qué tristeza no poder escucharla más. Qué dolor vi queriendo expresarse sin lograrlo. Entonces le dije: “Nadie te podrá quitar los pensamientos, porque son puros y están conectados con Dios. Podrás comunicarte con Jesús cuantas veces quieras y nadie te interrumpirá”. Ella sonrió, y sobre sus mejillas corrieron muchas lágrimas. Entonces la abracé y le dije: “Juntas lucharemos y sentiremos el amor de Jesús en nuestras vidas hasta el final. Su presencia será nuestra luz para iluminarnos a hacer lo mejor por ti. Su amor será nuestro soporte; y su sangre, nuestra salvación. Cuando Jesús regrese, estarás restaurada, completa y feliz, para vivir junto a él, porque Jesús dio su vida para que tú y yo vivamos eternamente”.
Llegaron los médicos, los capellanes y un grupo coral. Sonrió, pidió algunos himnos y quiso abrazarnos a todos; se incorporó como pudo para la oración se esforzó para hablar: “Señor, alabado sea tu nombre, porque eres un Dios bueno.  Nada de lo que has hecho es malo. Eres un Dios perdonador. Te doy gracias por la vida y tus cuidados; porque sé que estás conmigo. Te amo con todo mi corazón y ruego tu bendición en el nombre de Jesús, amén”.
Agradezco a Dios por mi madre; no pudo haberme tocado una mejor. Era la madre que yo necesitaba y Dios lo sabía. Recuerdo que cuando teníamos que ir al colegio nos despertaba tocando el piano para que no tuviéramos sobresaltos. Lo mismo hacía en las noches: nos tocaba himnos, luego del culto, para ir a dormir y descansar en paz; la misma paz que está sintiendo en lo que le resta de vida. Gracias mi Dios, gracias por haberla elegido para que fuera mi mamita, un regalo del Cielo con quien, junto a ti, viviré por la eternidad.
María del Pilar Calle de Hengen, Uruguay
Tomado de: Lecturas devocionales para Damas 2014
“De mujer a mujer”
Por: Pilar Calle de Hengen
Era linda; no hay dudas. La Biblia lo dice en los primeros capítulos del libro. Era valiente, lo has escuchado cientos de veces, cada vez que te recuerdan cómo entró en el palacio real colocando en riesgo su propia vida. Pero el relato bíblico, inspirado por Dios, también insiste en un aspecto al que comúnmente no le prestamos tanta atención. Ester era simpática, y esa característica debería embellecer nuestro carácter también.
Luego del gigantesco concurso de belleza que se organizó en el imperio, todas las jóvenes elegidas fueron a vivir juntas en un palacio. Todas estaban buscando lo mismo: ser la próxima reina. Si una de ellas no era elegida, significaba que sería una mujer más en el gigantesco harén del rey. Eso es más o menos como todo o nada.
Ester no solo gana la simpatía del rey, hasta podría elegirla por motivos más sensuales, sino también la del eunuco que controlaba el harén. El texto dice que le agradó a Jegay “y se ganó su simpatía”. El resultado fue este: el eunuco “le asignó las siete doncellas más distinguidas del palacio y la trasladó con sus doncellas al mejor lugar del harén” (Est. 2:9).
Difícilmente ganes la simpatía de alguien si tú no eres una persona cordial, amable y agradable en tu trato. La actitud simpática le rindió las siete doncellas más distinguidas del palacio para tratarla, y un lugar en el “mejor lugar del harén”.
Todos los cristianos deberíamos ser simpáticos. No todos conseguimos ser bonitos por fuera; es un tema de genética, que no depende de nosotros. Todos deberíamos ser muy bonitos por dentro, este es un tema de reflejos, que sí depende de nosotros.
Ester estuvo, como todas las otras muchachas, un año recibiendo tratamientos de belleza (si ya era linda cuando llegó, ¡imagínate ahora!). Y para ese momento, dice la Biblia: “ella se había ganado la simpatía de todo el que la veía” (Est. 2:15); eso incluye a sus “contrincantes”.
¿Por qué existen cristianos malhumorados? ¿Por qué hay cristianos arrogantes, antipáticos, desagradables? Sinceramente, no lo sé, tampoco lo comprendo; porque debemos entender –como Ester– que la simpatía personal ayuda a ganar corazones.
Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2014
“365 Vidas”
Por: Milton Betancor
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–Déjeme leer otra vez –pidió. Su cabeza trabajaba a toda máquina. Él tenía una mente inquisitiva, pero era sincero y no podía negar lo que los ojos leían. ¿Qué podría decir frente a la declaración del apóstol que dice que “la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”.
De todos modos, él dijo:
–Pero aquí no habla de Éxodo 20, sino de la voluntad de Dios. Los Mandamientos de Dios fueron clavados en la cruz del Calvario.
–Entonces, veamos lo que Jesús dijo: “No piensen que he venido a anular la ley o los profeta cumplimiento. Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido” (S. Mateo 5:17, 18).
Adolfo reaccionó inmediatamente.
–Lea la última frase: “Hasta que todo se haya cumplido”. Y todo se cumplió en la cruz. El apóstol Pablo dice que Cristo vino a “anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo” (Colosenses 2:14-17).
Después de leer, Adolfo se quedó mirándome. Una parte de esa declaración de Pablo, “él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz”, parecía definitiva para mostrar que la ley había llegado al final en la cruz. Yo también lo miré con amor y continué:
–Vamos a analizar lo que el apóstol Pablo dice. Él está hablando aquí de “la deuda que nos era adversa.” ¿Cuál era esa deuda? Él mismo lo explica: “todo esto es una sombra de las cosas que están por venir, la realidad se halla en Cristo”. ¿Cuál es esa “sombra de las cosas que están por venir”? Las ordenanzas ceremoniales de sacrificios que simbolizaban a Jesús.
–¿Qué ordenanzas?
–Cada vez que los israelitas sacrificaban un cordero o cualquier otro animal, este se transformaba en un símbolo del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (S. Juan 1:29). El autor de la Epístola a los Hebreos deja eso en claro: “Así que era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas con esos sacrificios, pero que las realidades mismas lo fueran con sacrificios superiores a aquellos. En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez yas; no he venido a anularlos sino a darles para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo” (Hebreos 9:23-26).
–Pero todo eso terminó en la cruz.
–Claro que sí. Los escritos de ordenanzas que Jesús clavó en la cruz fueron las ordenanzas referentes a esos sacrificios y otras ceremonias propias del pueblo de Israel. Después de la muerte de Cristo, ya no son más necesarios esos sacrificios, porque el verdadero Cordero de Dios ya había sido sacrificado. Pero eso no tiene nada que ver con los Diez Mandamientos registrados en Éxodo 20.
–¿Cómo que no? Aquí dice: “Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo” (Colosenses 2:16, 17). El sábado ¿no es uno de los Mandamientos de Éxodo 20?
–El sábado, sí, pero aquí está hablando de los sábados, en plural, y también se mencionan los días de fiesta y de luna nueva, que son “sombra de las cosas que están por venir”. Todo forma parte de las ceremonias de Israel, pero en ningún momento se mencionan los Diez Mandamientos.
–No había pensado en eso.
–El apóstol Santiago da más luz sobre este asunto: “Porque el que cumple con toda la ley pero falla en un solo punto ya es culpable de haberla quebrantado toda. Pues el que dijo: ‘No cometas adulterio’, también dijo: ‘No mates’. Si no cometes adulterio, pero matas, ya has violado la ley” (Santiago 2:10, 11). ¿De qué ley está hablando Santiago aquí?
–De Éxodo 20.
–El evangelio salva, Adolfo. Salva del pecado. Mira lo que dice el apóstol Pablo: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia. Entonces, ¿qué? ¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!” (Romanos 6:14, 15).
–¿Y ahora? Aquí dice que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia –preguntó Adolfo.
–No estamos bajo la condenación de la ley, por causa de la gracia de Jesús. Su sangre cubre los pecados, de forma que la ley no nos puede condenar. Pero la pregunta del apóstol es: “¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley sino bajo la gracia?” Y él mismo responde: “¡De
ninguna manera!
–Realmente. Mirándolo desde ese punto de vista...
–Y ¿qué otro punto de vista puede haber? “¿Quiere decir que anulamos la ley con la fe? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley” (Romanos 3:31).
–¡No puede ser! Yo jamás había leído eso. –Los cristianos obedecen la ley de Dios. Las únicas personas que quedan bajo la condenación de la ley son las que la infringen. Por ejemplo, la persona no es afectada por el límite de velocidad mientas respete la ley. Si supera el límite, queda bajo la condenación de la ley de tránsito.
–Entonces, el estar bajo la gracia no nos da libertad para transgredir la ley.
–Así es.
Adolfo parecía sorprendido. El Espíritu de Dios trabajaba en el corazón, y él aceptaba esa obra. El punto no era quién estaba en lo correcto y quién estaba errado. No era quién ganaba o quién perdía. Era un asunto de vida. Porque la vida cristiana es una experiencia constante de crecimiento. Crecer involucra aprendizaje, pero para aprender es necesario salir del terreno conocido y nadar en las aguas de lo desconocido.
Eso, naturalmente, provoca temor. Tal vez por eso mucha gente prefiere no crecer.
Con Adolfo era diferente. Él deseaba aprender, y por eso me hizo esta última pregunta.
–Las cosas que usted dice son lógicas, pero ¿qué me dice acerca de la Epístola a los Gálatas? El apóstol Pablo ¿no da en ella la impresión de estar contra la ley?
–Yo sé que esa epístola es controvertida. Existen cristianos que creen encontrar en ella argumentos para “probar” que la ley no tiene más validez.
–Exactamente.
–Él apóstol Pablo escribió esa carta para resolver un problema doctrinal de la iglesia de la región de Galacia. Ese problema surgía por una interpretación equivocada de la función de la ley. Muchos cristianos convertidos de entre los judíos enseñaban que la observancia de la ley es lo que nos salva. El apóstol combatió esa idea con vehemencia.
–Pero ese problema no es solamente de los gálatas –completó Adolfo.
–Claro que no. El asunto del legalismo fue el problema de muchas personas a lo largo de los siglos. Incluso en nuestros días. –¿Qué sucedía en los días del apóstol Pablo?
–Él había establecido la iglesia en la región de Galacia alrededor del año 50 d.C., aproximadamente veinte años después de la muerte de Jesucristo. Algunos años después, en torno al año 55 d.C, mientras el apóstol Pablo estaba en Éfeso, le llegaron noticias de que la iglesia de Galacia se encontraba inmersa en una grave crisis de identidad cristiana.
–Y ¿en qué consistía esa crisis?
–Predicadores llegados de Jerusalén acusaban al apóstol Pablo de predicar un evangelio incompleto. Ellos enseñaban que para ser salvos no bastaba con creer en Jesús. Según ellos, era necesario que los gentiles se transformaran en judíos por medio de la circuncisión. Y muchos
comenzaron a aceptar esas nuevas enseñanzas.
–¿Realmente?
–Sí. La Biblia enseña que para ser salvo el hombre solamente necesita creer en Jesús y punto; independientemente de su nacionalidad. Algunos judíos creían que, por el hecho de que la ley le había sido dada a Israel en el Sinaí, solamente ellos podrían ser salvos. Quien quisiera, por lo tanto, salvarse, debía pasar por la circuncisión, que es el rito introductorio al judaísmo. Según ese pensamiento, entonces, la fe no era el único medio de salvación, como enseñaban el apóstol Pablo y los otros discípulos. Para ser salvo, era necesario obedecer la ley que requería la circuncisión. La conclusión era: para ser salvo es necesario convertirse al judaísmo. El apóstol Pablo estaba combatiendo esa herejía.
–Entiendo.
–Por eso, al saber lo que estaba sucediendo, el apóstol Pablo les escribió esa epístola.
–Por eso el apóstol es tan duro contra los legalistas.
–Sí, los legalistas enseñan que, en el proceso de salvación, la causa de ella es tanto la gracia como la ley, mientras que el apóstol Pablo afirma que no es posible colocar al lado de Cristo ningún elemento complementario. La ley, como dice el apóstol Pablo, no salva. El factor decisivo y definitivo de la salvación es únicamente la gracia de Cristo.
Conversamos con Adolfo en tres ocasiones. En la tercera oportunidad, él estaba acompañado por su esposa y su hija de 17 años, que tenía ojos vivarachos como los del padre. Oía atenta todo lo que decía y anotaba cada palabra en una libreta.
–Es solo para cotejar en casa –dijo, sonriendo. Algunos meses después, toda la familia descendió a las aguas del bautismo y selló el pacto de amor con Cristo. Un coro cantó mientras ellos eran sumergidos en las aguas. Las palabras del himno decían:
“¡Oh! ¡Gracia excelsa de Jesús, perdido me encontró!
Estando ciego, me hizo ver, ¡de la muerte me libró!”

Adolfo y su familia encontraron la única esperanza.
                                            Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

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